La Villa del Roble emergió ante ellos envuelta en un silencio solemne, como si incluso la noche supiera que algo grave había ocurrido. El vehículo se detuvo frente a la entrada principal y Alonso apagó el motor sin decir una sola palabra.
Vega permanecía rígida en el asiento, con el rostro ardiendo, el cuerpo adolorido y el alma hecha trizas. Apenas respiraba. Cada latido era un recordatorio de lo cerca que había estado del abismo.
Alonso descendió primero. Rodeó el auto y abrió la puerta de