El impacto de la puerta al cerrarse quedó sepultado bajo el peso de un deseo hambriento, cocinado a fuego lento durante años de ausencia. William la empujó contra la pared más cercana con una urgencia salvaje, buscando en la piel de esa extraña el calor de la mujer que creía enterrada.
Sus manos viajaron con desesperación por la curva de su cintura, subiendo hasta enterrarse en su cabello, obligándola a inclinar la cabeza para devorarle la boca con rabia y alivio. Ella gimió entre sus labios, en