William cruzó las puertas de cristal del Imperio Vantgarde como un huracán de rabia contenida. Los empleados se apartaban a su paso, intuyendo el peligro en su postura rígida.
Al llegar a la acera, la luz de la calle le golpeó el rostro, pero él solo veía la imagen de Mateo de pie frente a Nahla, defendiéndola como si tuviera algún derecho sobre ella. Apretaba los puños con tanta fuerza que las uñas se le clavaban en las palmas, moliendo sus propios labios hasta sentir el sabor metálico del dolo