El trayecto de regreso a la mansión fue un oasis de quietud necesaria. Julián conducía manteniendo una mano sobre la de Aurora, un gesto silencioso que reafirmaba que el mundo exterior, con sus celdas y sus rencores, ya no tenía poder sobre ellos.
Aurora contemplaba el paisaje a través de la ventanilla, sintiendo cómo el encuentro con Esmeralda se convertía en un recuerdo borroso, una última hoja arrancada de un libro que ya no le interesaba leer. Sin embargo, al cruzar la imponente entrada de