El trayecto de regreso a la mansión fue una tortura sin palabras. Nahla manejó con los ojos fijos en la carretera y William fue en el asiento del copiloto como si ya no estuviera ahí, como si su cuerpo hubiera decidido quedarse pero su alma se hubiera bajado del carro en algún semáforo de la ciudad. No hubo reproches, no hubo preguntas, no hubo nada. Y a veces la nada duele más que un grito.
En cuanto cruzaron el umbral de la mansión, William subió las escaleras sin mirarla. Nahla lo siguió, sab