Paolo había sido, durante años, un hombre de gritos salvajes, de amenazas directas y de puños estrellándose con furia sobre la mesa. Su temperamento violento era su marca registrada, el impulso indomable que todos temían; sin embargo, el tiempo y los golpes de la vida lo habían obligado a madurar un estilo mucho más peligroso.
Ahora actuaba con una inteligencia fría y adoptando una postura elegante, sumamente calculada y letal. Prefería mantener una cortesía impecable mientras firmaba el documen