El sonido del tacón contra el suelo fue lo único que rompió la pesadez de la habitación al entrar en su apartamento. Esmeralda no encendió las luces; prefería que la penumbra ocultara el temblor de sus manos.
Cerró la puerta con una fuerza excesiva, un golpe seco que resonó en las paredes vacías, y dejó escapar el aire de golpe. Sentía que cada palabra dicha en la mansión, cada desprecio de los Casalins, se le había quedado pegado a la piel como una mancha difícil de lavar. Todo lo que había c