Esmeralda lo observaba con una fijeza que incomodaría a cualquiera, pero no a él. Ella sabía que en ese apartamento no se estaba negociando un simple favor, sino el curso de su destino.
No había vuelta atrás. Negarse a aquel plan no solo era estúpido, sino que significaba aceptar una derrota que su orgullo no iba a permitir. Ella no había llegado tan lejos para terminar de rodillas, suplicando por migajas de los Casalins.
—Si no quieres que su corazón deje de latir… entonces vamos a destruir su