El auricular de plástico pesado quemaba en la mano de Paolo. Al otro lado del cristal, Mauricio mantenía la postura de un rey que observa a un peón insolente, a pesar de que ambos compartían el mismo uniforme naranja de recluso.
La arrogancia del viejo seguía intacta; haber caído en prisión no le había quitado los hilos de poder que manejaba desde su celda de lujo en el pabellón de máxima seguridad. Paolo apretó los dientes, sintiendo una corriente de fuego recorrerle los brazos al entender cóm