En la mansión Casalins, las paredes señoriales parecían asfixiar a sus habitantes bajo el peso de una desesperación colectiva. La propiedad se había transformado en un búnker de guerra donde el teléfono no paraba de sonar, pero ninguna llamada traía la respuesta que todos necesitaban desesperadamente para respirar de nuevo.
Alejandro caminaba de un lado a otro del gran salón, con el saco desabrochado y las ojeras marcadas como golpes oscuros en su rostro cansado. Julián revisaba por centésima ve