El confinamiento en aquella fortaleza de concreto y hierro se había convertido en un reloj de arena perpetuo donde cada grano era una gota de sufrimiento. Catorce amaneceres sepultados en la penumbra de un sótano húmedo destruyeron cualquier noción del tiempo para los cautivos.
Las paredes descarapeladas devolvían el eco de los lamentos, mientras el olor a encierro y a herida abierta se impregnaba en la piel como una marca de ganado. En una esquina del cuarto, William permanecía encadenado a un