Los ruidos afuera de la vieja bodega no cesaban, y la paranoia empezaba a causar estragos. Paulo hizo una seña con la cabeza a dos de sus matones, perdiendo la paciencia por los murmullos extraños cerca del portón de metal.
—Vayan a ver qué demonios pasa afuera —ordenó Paulo, cruzándose de brazos—. Si es la policía, nos movemos ya. Si es otra cosa, se encargan.
Los dos hombres asintieron de inmediato, sacaron sus armas cortas y caminaron pegados a la pared grisácea. Se asomaron con cautela por l