La madrugada en las Islas Caimán estaba envuelta en una bruma húmeda y pesada que amortiguaba el sonido de las olas rompiendo contra los acantilados. En la villa de Esteban, el silencio era absoluto, una calma engañosa que estaba a punto de ser destruida por la tormenta que Julián Casalins traía consigo. No hubo sirenas ni advertencias.
Solo sombras moviéndose con una precisión quirúrgica entre los jardines exóticos. Los hombres de Julián, entrenados para situaciones donde el error no era una op