La mansión de los Casalins seguía de pie como siempre, imponente y ajena al caos que Nahla traía pegado en la piel. Las luces del primer piso estaban encendidas, lo que significaba que William no dormía. Ella sabía perfectamente que el silencio de esa casa era una trampa, una calma ficticia antes de que todo saltara por los aires.
Nahla empujó la puerta principal con el corazón todavía desbocado por todo lo que había visto en esa habitación destartalada. Sus pasos resonaron en el pasillo y, ante