Los gritos de Georgina siguieron retumbando en la catedral, cargados de rabia y desesperación. Dos hombres de seguridad enviados por Alejandro avanzaron de inmediato y la sujetaron antes de que pudiera acercarse más al altar. Ella forcejeaba, señalando a Valentina con el dedo, como si intentara arrancarle algo invisible del pecho.
No era la mujer elegante de antes; sus ojos inyectados en sangre y el cabello desprolijo delataban una mente consumida por el rencor. Los invitados ahogaron gritos de