La recepción se desvaneció. Entre los últimos aplausos y el eco de la música, Alejandro tomó la mano de Valentina y la llevó por una salida lateral. Nadie los vio partir; el mundo seguía festejando mientras ellos reclamaban el suyo.
El ascenso en el elevador privado fue un trayecto cargado de una electricidad que no necesitaba cables. Alejandro no soltó la mano de Valentina ni un solo segundo; sus dedos se entrelazaban con una fuerza que decía más que cualquier discurso en el altar.
Alejandro se