El amanecer llegó silencioso, casi cauteloso, como si el mundo temiera despertarla demasiado pronto, como si la luz misma tuviera miedo de lastimar sus pupilas acostumbradas a la penumbra.
Valentina abrió los ojos de golpe, con el corazón martilleando contra sus costillas y una bocanada de aire atascada en los pulmones. Durante unos segundos, el techo blanco le resultó una visión desconocida, una superficie demasiado pulcra para ser real, y el aire limpio le pareció una mentira cruel, un espejis