El amanecer no trajo consuelo, sino una luz grisácea que se filtraba entre los cipreses del cementerio. El aire de la mañana estaba cargado de una humedad que se pegaba a la ropa negra de Valentina. Frente a ella, el féretro de Clarisa descendía lentamente hacia la fosa abierta.
Cristina permanecía a su lado, firme, aunque sus ojos delataban el cansancio de una noche en vela. Valentina, en cambio, se sentía como una cáscara vacía, observando cómo la primera palada de tierra golpeaba la madera