El sol de la mañana entraba tímidamente por la ventana de la cocina en la casa de Vancouver, pintando franjas doradas sobre la mesa de madera clara. El aire olía a café recién hecho y a los panqueques de avena que Valentina terminaba de cocinar.
—¿Mami, me pones más caritas sonrientes? —preguntó Nahla, balanceando sus piernecitas desde la silla alta.
Valentina sonrió, sintiendo cómo el pecho se le llenaba de una calidez que solo su hija lograba provocar.
Tomó el frasco de sirope de arce y, con c