Valentina se miró al espejo por última vez. El vestido de seda color esmeralda caía sobre su cuerpo con una elegancia que gritaba mando. No era solo una prenda; era una armadura.
El corte resaltaba sus curvas con una sofisticación que no dejaba lugar a dudas sobre su seguridad. Se colocó unos pendientes de diamantes, terminó de delinear sus labios con un rojo intenso y exhaló. Ya no quedaba rastro de la mujer que agachaba la cabeza.
Se miró fijo.
—Hoy no tiemblo —susurró.
Abajo, Alejandro y Maxi