La puerta de la habitación se cerró con fuerza.
Vicente caminaba de un lado a otro, sin rumbo. Se llevó las manos al cabello, respirando agitado. Los recuerdos no pedían permiso; entraban como un golpe directo al pecho.
—Tranquilízate —dijo Maximiliano, cerrando la puerta con cuidado—. No puedes perder la cabeza así.
Vicente soltó una risa amarga.
—¿Tranquilizarme? ¿Sabes lo que significa verla otra vez? ¿Sabes lo que me hizo?
Maximiliano guardó silencio. Lo sabía. Pero no lo suficiente.
—Esa mu