La noche cayó elegante sobre la mansión Casalins. Alejandro no dejó nada al azar. Música suave, y una mesa impecable. Todo era una bienvenida perfecta para Maximiliano Casalins.
—Quiero que mi abuelo sienta que esta es su casa —ordenó Alejandro al personal.
Maximiliano entró apoyado en su bastón, pero con el porte intacto. Sus ojos se iluminaron al ver a Julián correr hacia él.
—¡Abuelo! —gritó el niño.
—Ven aquí, campeón —respondió él, agachándose con esfuerzo.
Valentina observaba la escena con