A la mañana siguiente, Alejandro llamó a Valentina, no compro flores, ni buscó un escenario romántico. No hubo palabras románticas ni música de fondo. Se acercó a Valentina y, con un movimiento práctico, dejó una pequeña caja de terciopelo azul sobre la mesa de madera.
—Aquí está, el anillo —dijo el, mirándola fijamente—. Dentro de unas horas, mi abogado traerá el contrato.
Valentina tomó la caja y la abrió. El brillo de la piedra era casi insultante frente a la opacidad de su alma. Se deslizó