La sala de juntas del Grupo Echeverry estaba llena.
Leónidas ocupaba la cabecera. A su derecha, Héctor. A la izquierda, Federico. Los demás accionistas murmuraban entre ellos, inquietos por las cifras que habían recibido esa mañana.
La puerta se abrió sin prisa.
Alejandro entró acompañado de sus abogados y dos asesores financieros. Traje oscuro. Paso firme. No pidió permiso para avanzar hasta el centro de la mesa.
—Gracias por recibirme —dijo, tomando asiento como si ya perteneciera a ese lugar.