Las horas dentro de esa celda se sentían como días enteros. Valentina se había acurrucado en el rincón más limpio que encontró, abrazando sus rodillas, repitiendo en silencio el nombre de Luz para no derrumbarse del todo. Cada ruido en el pasillo la hacía saltar. Pensaba en Héctor riéndose de ella. En Leónidas dándole la espalda. En cómo todo se había torcido tan rápido.
De pronto, la puerta se abrió con un chirrido metálico.
—Abadía —dijo un oficial con voz neutra—. Estás libre. Firma aquí y s