Kevin no se había movido del sofá.
Seguía sentado con Emily acurrucada contra su pecho, como si el mundo entero hubiera reducido su tamaño hasta caber en ese pequeño cuerpo tibio que respiraba con calma. El pent-house estaba en silencio, un silencio reverente, interrumpido apenas por el sonido suave de la respiración de su hija y el latido firme de su propio corazón.
Emily levantó un poco la cabeza.
Sus deditos, aún torpes pero decididos, subieron hasta la mejilla de Kevin y la tocaron con curi