El aire del pueblo era distinto al de la granja. Más denso. Más cargado de presagios.
Leah se encontraba sentada cerca del pequeño hotel, con la espalda recta pero los hombros vencidos por el cansancio. Había dormido apenas unas horas, lo suficiente para que el cuerpo no colapsara, pero no para borrar el miedo acumulado. Sus manos estaban entrelazadas sobre su regazo, los dedos fríos, la mirada perdida en un punto fijo de la calle.
Cada sonido la hacía tensarse. Un motor lejano. Pasos. Voces. H