La puerta del vestíbulo se cerró con un sonido seco. Kevin no levantó la voz. No lo necesitaba. Su sola presencia bastaba para imponer silencio.
—Siéntate —ordenó Kevin, señalando el sofá sin mirarla siquiera.
Dulce tardó apenas un segundo en reaccionar. Un segundo demasiado largo para alguien que decía no tener nada que ocultar. Obedeció. Sus manos se entrelazaron sobre el regazo, los nudillos blancos por la presión. Kevin permaneció de pie frente a ella, con las manos en los bolsillos del