La puerta del vestíbulo se cerró con un sonido seco. Kevin no levantó la voz. No lo necesitaba. Su sola presencia bastaba para imponer silencio.
—Siéntate —ordenó Kevin, señalando el sofá sin mirarla siquiera.
Dulce tardó apenas un segundo en reaccionar. Un segundo demasiado largo para alguien que decía no tener nada que ocultar. Obedeció. Sus manos se entrelazaron sobre el regazo, los nudillos blancos por la presión. Kevin permaneció de pie frente a ella, con las manos en los bolsillos del pantalón. La camisa oscura, ligeramente desabotonada, dejaba ver la tensión de su cuello. Sus ojos azules no parpadeaban.
—Vamos a hablar —dijo con calma—. Y esta vez, vas a decirme la verdad.
Dulce levantó la mirada, intentando sostener la suya.
—Kevin, yo…
—¿Quién te secuestró? —la interrumpió—.
—¿Por qué? — Ella flaquea ante esa pregunta.
—¿Cuánto tiempo estuviste realmente desaparecida? ¿Y qué parte de esa historia no me has contado todavía?
Cada pregunta cayó como una losa. D