La noche había caído sobre Bella Vista con un silencio espeso, casi solemne. Kevin Hill abandonó Hill Enterprises cuando las luces de la ciudad comenzaban a encenderse una a una, como si marcaran el pulso de una vida que continuaba sin preguntarle si estaba listo. Subió al vehículo sin decir palabra. Arturo, sentado adelante, comprendió que aquella no era una noche para conversaciones innecesarias.
La invitación había llegado horas antes: un juego privado de póker, reservado, discreto. Viejos nombres. Viejas caras. Hombres que conocían a Kevin desde antes de que el peso de las decisiones lo volviera más silencioso, más duro… más solo.
El salón estaba envuelto en madera oscura, lámparas bajas y humo tenue. El sonido de las fichas chocando unas contra otras marcaba un ritmo constante, hipnótico. Kevin tomó asiento sin esfuerzo, con la naturalidad de quien domina cualquier espacio que pisa, pero había algo distinto en él. No era la arrogancia fría del CEO. Era una quietud peligrosa, un