La noche había caído sobre Bella Vista con un silencio espeso, casi solemne. Kevin Hill abandonó Hill Enterprises cuando las luces de la ciudad comenzaban a encenderse una a una, como si marcaran el pulso de una vida que continuaba sin preguntarle si estaba listo. Subió al vehículo sin decir palabra. Arturo, sentado adelante, comprendió que aquella no era una noche para conversaciones innecesarias.
La invitación había llegado horas antes: un juego privado de póker, reservado, discreto. Viejos