La villa estaba envuelta en un silencio tibio aquella tarde.
No era un silencio vacío, sino uno lleno de respiraciones suaves, del murmullo lejano del viento entre los árboles y del leve sonido de una cuna mecéndose lentamente en la habitación contigua.
Leah estaba sentada cerca del ventanal, con una manta liviana sobre las piernas y una taza de té entre las manos. Sus hombros aún conservaban el cansancio del parto, pero su rostro había cambiado.
Había algo nuevo en ella. Una calma distinta.