La villa en Singapur estaba sumida en una quietud suave, casi reverencial, como si el aire mismo entendiera que aquella noche no era como las demás. Kevin había encendido apenas un par de lámparas cálidas, creando un ambiente donde las sombras se mezclaban con la luz en una danza íntima.
Leah se encontraba frente a la ventana, mirando el jardín iluminado por pequeñas luces incrustadas en el suelo. Su mano acariciaba su vientre de manera inconsciente, un gesto que Kevin observó desde la puerta con un nudo en la garganta.
Ella no se había percatado de que él la miraba. Su silueta, iluminada por la tenue luz exterior, lo dejó sin aire.
Había pasado días, semanas enteras con la sensación de que la vida se le escapaba entre los dedos sin ella. Y ahora, teniéndola a pocos pasos, el corazón le temblaba.
—Leah… —susurró con una voz baja, casi rota.
Ella giró lentamente. Sus ojos celestes lo observaron, y algo en esa mirada derritió la última muralla que Kevin todavía tenía en pie.
No era una