Bella Vista
Dulce Navarro caminaba de un lado a otro en la amplia sala de estar como un animal enjaulado. La mansión estaba silenciosa, demasiado silenciosa para su gusto. Cada taconeo parecía un golpe de martillo en la oscuridad.
Kevin no regresaba a la Villa y eso era un tormento para ella.
Las luces de la casa estaban encendidas, todas, porque a Dulce le irritaba la oscuridad. Sus manos estaban heladas y sin embargo transpiraban. Trató de sentarse en el borde del sofá, pero apenas lo hizo se levantó de inmediato. No podía estar quieta. No hoy. No con ese silencio que le arañaba la mente.
—Debe estar por llegar —murmuró para sí, apretando las uñas contra sus palmas—. Claro que vendrá. Siempre vuelve. Siempre…
Pero su propia voz sonó hueca, como si se burlara de ella.
Se acercó a la ventana enorme que daba al jardín principal. Desde allí veía la entrada y el portón automático. Tenía la esperanza absurda de que, quizá, en ese instante, las luces de un auto aparecieran. Nada.
El reloj