La noche había caído sobre Bella Vista con un silencio espeso, el tipo de silencio que presagiaba ruptura, caos, destrucción. La Mansión se sentía fría, como las emociones de la mujer que habitaba en ella. Dulce caminaba de un extremo a otro en su habitación, con el teléfono aún tirado en el suelo donde lo había lanzado minutos antes. Sus pasos eran rápidos, inquietos, casi frenéticos. Su respiración era irregular, como si cada bocanada de aire le costara esfuerzo.
El rostro de Dulce era un retrato de descomposición emocional: sus ojos vidriosos, su mandíbula tensa, una media sonrisa que no llegaba a ser tal, más bien un tic nervioso. Sus dedos se arqueaban y deslizaban por su propio brazo, como si buscara sostenerse a sí misma.
—Kevin… ¿por qué? —susurró, con la voz rota, mientras hundía los dedos en su cabello. —¿Por qué me haces esto? Tú y yo seríamos muy felices juntos, pero estas tomando otro rumbo y déjame decirte que no te conviene Kevin Hill.
La confirmación ya no era nece