El rostro encantador del hombre se volvió hacia su esposa, y el brillo glacial de sus ojos azules pareció cortar el aire. Leah tragó saliva, sin saber si el frío que se filtraba en el vehículo provenía de la noche que los envolvía o de la mirada de Kevin, que la examinaba con una calma tan peligrosa que dolía. Afuera, la carretera se extendía muda y vacía; la luna apenas se asomaba entre nubes densas, derramando una luz pálida sobre el parabrisas empañado. Dentro, el aire olía a deseo extinguid