El sonido del cierre de la puerta fue lo único que acompañó a Leah cuando entró en su habitación. Sus pasos eran lentos, casi inseguros, como si cada uno la acercara a una realidad que no quería enfrentar.
No encendió las luces. Dejó que la penumbra la envolviera, que el silencio hablara por ella. El reflejo pálido de la luna, filtrado por las cortinas, era suficiente para guiarla hasta el baño.
El aire estaba denso, tibio, y en cuanto abrió la ducha, el vapor comenzó a llenar el espacio. Leah