El silencio en la habitación de Leah era distinto esa mañana. No era el silencio apacible que había aprendido a tolerar durante las últimas semanas, sino uno cargado de decisiones. Sobre la cama, cuidadosamente doblada, reposaba una maleta que no solía estar allí. Leah la observaba de pie, con una mano apoyada en el vientre y la otra descansando sobre el respaldo de una silla, respirando despacio, como si cada inhalación le diera el valor que necesitaba.
Había tomado la decisión y no había marcha atrás, lo único que dejaría atrás sería a Kevin Hill y el error de pensar que con él había futuro cuando la realidad era cruda y totalmente opuesto a aquello que ella esperaba.
El suave golpeteo en la puerta la hizo girar el rostro.
—¿Señora Leah? —la voz de Ana sonó cautelosa—. ¿Puedo pasar?
Leah cerró los ojos un segundo antes de responder.
—Sí, Ana… pasa.
La mujer entró con pasos lentos, y no necesitó más que una mirada para notar lo que estaba fuera de lugar. La maleta. Allí, muda,