La lluvia había cesado cuando el Ferrari negro atravesó las rejas de hierro forjado de Villa La Matilde.
El cielo, todavía cubierto por un manto gris, reflejaba el silencio que habitaba dentro del vehículo.
Ninguno de los dos había pronunciado palabra desde que salieron de la empresa.
Solo el suave golpeteo de las gotas en el parabrisas acompañaba la tensión que se extendía entre ellos, invisible pero palpable.
Leah observó cómo las luces del camino se reflejaban sobre los charcos, distorsi