La noche era espesa cuando el vehículo blindado cruzó el último control y se internó en el complejo federal. Las luces blancas, frías, sin alma, iluminaban el rostro de Carlos Beira a través del vidrio reforzado. Ya no había trajes caros ni escoltas obedientes. No había teléfonos ni órdenes que dar. Solo esposas de acero, muñecas hinchadas y una mandíbula tensa que se negaba a ceder. Carlos no preguntó nada. No necesitaba hacerlo. Sabía perfectamente dónde estaba, y había caído en el peor lugar