Treinta días después
30 días, solo 30 . Y el infierno ya había abierto sus puertas para Carlos Beira. El traslado fue silencioso, casi solemne. No hubo cámaras, ni discursos, ni intentos de heroicidad. El hombre que alguna vez caminó rodeado de poder, escoltas y miedo ajeno, ahora avanzaba encorvado, con los hombros caídos, los pasos torpes y el rostro marcado por algo mucho más profundo que las heridas visibles: la derrota absoluta.
La sala del tribunal estaba llena. No de curiosos.
Pero si