Leah estaba a punto de quedarse dormida. No era un sueño reparador.
Era ese borde peligroso entre el agotamiento extremo y la inconsciencia, donde el cuerpo comienza a rendirse incluso cuando la mente aún se resiste.
La noche había caído por completo sobre el bosque. No había luna.
O si la había, estaba oculta tras una bóveda espesa de ramas negras que se entrelazaban como dedos retorcidos sobre el cielo.
El frío se le había metido en los huesos. No importaba cuántas veces se abrazara a sí