Carlos Beira no era un hombre que pidiera permiso. Tampoco explicaba más de lo necesario.
Dulce lo sabía desde el primer día. Aun así, estaba sentada frente a él, cruzando las piernas con nerviosismo mientras encendía un cigarrillo tras otro. El despacho estaba sumido en una penumbra elegante, con lámparas bajas y cortinas gruesas que bloqueaban la luz de São Paulo.
Dulce tenía los ojos cansados. La derrota financiera la estaba alcanzando más rápido de lo que había imaginado.
— ¿Te encuentras b