Habían pasado setenta y dos horas.
Setenta y dos horas en las que Kevin Hill no había dormido más de fragmentos rotos de tiempo. No había probado comida con verdadero apetito, no había sostenido una conversación completa sin que su mente se fugara, inevitablemente, hacia un solo nombre: Leah.
La ausencia de ella se había instalado en su pecho como un vacío físico, punzante, casi cruel. No era solo no saber dónde estaba. Era no saber si estaba bien. Si había dormido. Si había comido. Si su vie