Habían pasado setenta y dos horas.
Setenta y dos horas en las que Kevin Hill no había dormido más de fragmentos rotos de tiempo. No había probado comida con verdadero apetito, no había sostenido una conversación completa sin que su mente se fugara, inevitablemente, hacia un solo nombre: Leah.
La ausencia de ella se había instalado en su pecho como un vacío físico, punzante, casi cruel. No era solo no saber dónde estaba. Era no saber si estaba bien. Si había dormido. Si había comido. Si su vientre —ese vientre que guardaba lo más sagrado de su vida— estaba a salvo.
Kevin había movido cielo y tierra, pero con cautela. No con la desesperación visible de un hombre que busca, sino con la precisión fría de un estratega que sabe que cualquier paso en falso podía asustarla, podía hacerla huir más lejos… o peor aún, alterarla.
Y él podía soportar perderlo todo, menos eso.
Aquella mañana, el despacho estaba en silencio. Las cortinas abiertas dejaban entrar la luz gris de Bella Vista, pero