La extraña.
El aroma del café recién hecho se mezclaba con un silencio incómodo en la Villa Hill. Kevin estaba de pie frente a la encimera de la cocina, con una barra de chocolate entre los dedos, observándola como si fuera un objeto extraño… y al mismo tiempo indispensable. No era la primera del día. De hecho, ya había terminado dos desde que despertó.
Mordió otro trozo sin culpa.
Había algo casi desesperado en la necesidad. No era hambre exactamente, era otra cosa. Algo profundo, instintivo. Kevin lo sabía. Y por eso mismo, ese antojo le resultaba tan dolorosamente tierno. Eran los antojos qué provocaba el embarazo de Leah.
Es por ti… pensó, sin atreverse a decirlo en voz alta.
Es por nuestro bebé.
Dulce apareció en el umbral de la cocina envuelta en una bata clara. Su rostro aún conservaba esa palidez que hablaba de los años perdidos, del cautiverio, del sufrimiento. Kevin la vio de reojo antes de que ella hablara.
—¿Chocolate otra vez? —preguntó Dulce, con una sonrisa leve, casi f