Los días comenzaron a deslizarse uno tras otro con una calma engañosa, como si el mundo hubiera decidido fingir normalidad mientras, por dentro, todo permanecía roto.
Leah despertaba cada mañana en la Villa La Matilde con una sensación extraña en el pecho. No era solo tristeza. Era una mezcla de ausencia, nostalgia y una responsabilidad inmensa que latía dentro de ella con cada respiración. Su mano, casi de forma inconsciente, buscaba siempre su vientre al abrir los ojos, como si necesitara confirmar que aquello seguía siendo real.
Su bebé.
Ese pequeño ser era ahora su ancla, su razón para levantarse, para sonreír incluso cuando el alma le dolía. A veces, mientras se sentaba junto a la ventana y dejaba que la luz de la mañana acariciara su rostro, Leah cerraba los ojos e imaginaba cómo sería su hijo o hija. Se preguntaba si tendría los ojos de Kevin, ese azul profundo que ahora le dolía recordar, o si heredaría su propia mirada serena.
Extrañaba a Kevin.
No importaba cuánto inten