El lugar era discreto. Demasiado.
Un edificio sobrio, de fachada impecable, donde todo parecía ordenado, pulcro… inocente. Kevin Hill detuvo la camioneta frente a la entrada privada sin apagar el motor de inmediato. Sus manos seguían firmes sobre el volante, pero su respiración no lo estaba.
Henry Morgan estaba allí.
Kevin bajó del vehículo con pasos lentos, controlados. No era prisa lo que lo movía, era determinación. Cada paso resonaba como una cuenta regresiva. Los guardias privados in