LO DESESTABILIZÓ

El lugar era discreto. Demasiado.

Un edificio sobrio, de fachada impecable, donde todo parecía ordenado, pulcro… inocente. Kevin Hill detuvo la camioneta frente a la entrada privada sin apagar el motor de inmediato. Sus manos seguían firmes sobre el volante, pero su respiración no lo estaba.

Henry Morgan estaba allí.

Kevin bajó del vehículo con pasos lentos, controlados. No era prisa lo que lo movía, era determinación. Cada paso resonaba como una cuenta regresiva. Los guardias privados intentaron detenerlo, pero bastó una mirada —una sola— para que comprendieran que interponerse sería un error.

—Señor Hill… —alcanzó a decir uno.

Kevin no respondió.

Empujó la puerta con violencia contenida y entró.

Henry estaba de pie, junto a una mesa de cristal, sosteniendo una copa. Vestía impecable, como siempre. Elegante. Relajado. Como si el mundo no ardiera a su alrededor.

Cuando escuchó los pasos, giró lentamente.

Y sonrió.

—Vaya… —dijo con falsa sorpresa—. Si no es el viu
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