Leah fue despertando poco a poco, la oscuridad fue lo primero que percibió. No era una oscuridad total, sino una penumbra espesa, densa, como si la noche se hubiera instalado dentro de la habitación. Leah abrió los ojos lentamente, con cautela, como si temiera que el simple acto de despertar pudiera romper algo más dentro de ella. Todo le dolía. No un dolor punzante, sino uno profundo, cansado, que se alojaba en su cuerpo como un eco de lo que había pasado. Su respiración era lenta, medida. Cada inhalación parecía recordarle que seguía allí.
Viva.
Su mirada tardó en enfocarse. El techo blanco, las sombras proyectadas por una lámpara tenue, el silencio interrumpido apenas por un sonido lejano y constante. Entonces comprendió dónde estaba.
El hospital.
Su mano se movió instintivamente, despacio, buscando algo más allá de las sábanas. Cuando sus dedos rozaron su vientre, su corazón se detuvo por un segundo eterno.
Seguía allí.
Un suspiro tembloroso escapó de sus labios. No sabía en qué e