La madrugada se deslizaba lentamente por la habitación, como una caricia suave que aún no se atrevía a interrumpir del todo el silencio. Afuera, más allá del vidrio empañado por el contraste entre el aire tibio del interior y el respiro fresco del amanecer, el mar se movía con un ritmo profundo, constante. Las olas, en su vaivén interminable, parecían susurrar algo a quien quisiera escucharlas; un mensaje antiguo, un secreto compartido solamente con quienes despiertan en los márgenes del mundo,