La luz de la tarde se filtraba suavemente por las cortinas de la habitación de Leah, dibujando sombras largas sobre las paredes claras. Estaba sentada en el borde de la cama, con las manos entrelazadas sobre el vientre, respirando despacio, como si cada inhalación fuera un pequeño acto de valentía. Desde que había regresado a la Villa La Matilde, el silencio se había vuelto distinto: no era paz, era una pausa cargada de significado.
Unos golpes suaves en la puerta la sacaron de sus pensamientos.
—Señora Leah —dijo Ana con delicadeza—, Liliana Ferretti ha llegado. Está en la sala.
Leah cerró los ojos un segundo. Sabía que esa visita no era casual, ni ligera. Y que tarde o temprano Liliana vendría a verla.
—Gracias, Ana —respondió con voz serena—. Dile que bajo en unos minutos.
Ana asintió y se retiró. Leah permaneció inmóvil, como si necesitara reunir fuerzas invisibles. Se puso de pie con cuidado, caminó hasta el espejo y se observó. Su rostro estaba más delgado, sus ojos con