El silencio en el despacho era espeso.
Carlos estaba de pie frente al ventanal, con las manos cruzadas a la espalda, observando la ciudad como si le perteneciera. Abajo, las luces parecían diminutas, insignificantes. Exactamente como las personas.
—Señor… —dijo una voz con cautela desde la puerta.
Carlos no se giró. permaneció de espaldas al recién llegado.
—Habla.
El hombre dio un paso adelante. Era uno de los encargados del lugar donde mantenían a Dulce.
—La mujer… —tragó saliva—. Su estado h