Arturo llevaba horas revisando los reportes internos de Hill Enterprises, documentos que normalmente se mantendrían estables, predecibles, ordenados como la estructura sólida que la compañía había mantenido durante décadas. Pero esa tarde algo no encajaba. Desde su piso ejecutivo, rodeado de pantallas internas que monitoreaban movimientos financieros, transferencias y operaciones globales, Arturo sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—Esto no es normal… —murmuró con el ceño fruncido.
Activó el protocolo de análisis profundo. Las luces de la sala se atenuaron automáticamente y los hologramas comenzaron a reorganizarse. Los números giraban, se expandían, se contraían, y finalmente se estabilizaron en un patrón claro y perturbador.
Ataques.
Pero no ataques comunes. No eran intentos impulsivos, no eran errores de principiantes. Eran golpes limpios, precisos, como si alguien hubiese estudiado por años los puntos débiles del sistema. Ataques quirúrgicos, diseñados para colapsar to